EJERCICIO Y EQUILIBRIO EN ESCLEROSIS MÚLTIPLE

 

Uno de los objetivos fundamentales en los programas de rehabilitación de los pacientes de esclerosis múltiple (EM) es el conseguir mitigar los problemas de equilibrio que la propia enfermedad ocasiona (1,2). Son multitud los estudios presentes en la literatura científica de los últimos años en los que equilibrio ó estabilidad aparecen como conceptos clave, si bien es cierto que aunque con frecuencia se utilizan – utilizamos- como sinónimos, los términos equilibrio y estabilidad no lo son en realidad aunque estén estrechamente relacionados. Para el caso que nos ocupa, lo más correcto sería utilizar el concepto estabilidad ya que lo que intentamos con la realización de determinadas técnicas es que nuestro cuerpo esté lo más estable posible.

 

Si observamos la Figura 1 tenemos varias situaciones de equilibrio, pero podemos ver como la situación de la izquierda es la que más estabilidad posee, ya que es sobre la que más fuerza cabría aplicar para que no estuviera en equilibrio. Análogamente, la situación de la derecha sería la que menos estabilidad tendría, ya que aplicándole muy poca fuerza podríamos acabar con su situación de equilibrio.

 

Figura 1. Continuum de estabilidad mecánica en un sistema simple. Adaptado de McGuill (2002).

 

 

Así pues, lo que en realidad les ocurre a los pacientes de EM es que conforme avanza la patología se vuelven más inestables, es decir, les cuesta más trabajo, más energía, estar en equilibrio.

 

El control de la estabilidad corporal es una actividad compleja donde intervienen continuas señales que llegan al sistema nervioso central (SNC) (3). Debido a los diversos daños que la enfermedad conlleva y a dónde estén los mismos a lo largo del SNC los pacientes de EM tienen dificultades para integrar esas señales y por lo tanto controlar la estabilidad y la respuesta postural (4,5). Los problemas de estabilidad son frecuentes en pacientes con EM y además la inestabilidad es uno de los síntomas que más les incapacita (6) ya que suele estar agravada por otros síntomas como la fatiga, la debilidad muscular y la espasticidad, por lo que las posibilidades de sufrir caídas aumentan significativamente. Esta tendencia a caer puede ocurrir desde las primeras fases de la enfermedad, incluso antes de que la falta de estabilidad o los problemas al andar sean clínicamente visibles (7). Sirva como dato el estudio de Cameron et al (8) del año 2011 donde se señala que el riesgo de padecer una caída que requiera atención médica es el doble si se padece EM.

 

Con todo lo anterior parece evidente que la mejora de la estabilidad de los pacientes con EM y el trabajo que ayude a mantener o por lo menos reducir la pérdida de la misma está más que justificado. El grado de estabilidad del que disfrutamos nos permite realizar con seguridad la mayoría de acciones cotidianas de la vida diaria – aseo personal, levantarse y sentarse, caminar, vestirse, etc.- y además previene el riesgo de padecer una caída que dependiendo de nuestro estado general y de la edad en la que nos encontremos nos puede ocasionar daños añadidos a los que ya padecemos (hematomas, fracturas, etc.).

 

Evaluar la estabilidad y entrenar para mantenerla / mejorarla

La evaluación de la estabilidad de un sujeto con EM la realiza normalmente el neurólogo que nos atiende, ya que es uno de los factores que determina el nivel de EDSS del mismo. Existen test de campo – realizables en consulta por el neurólogo, el enfermero o por un especialista como por ejemplo un fisioterapeuta o licenciado en educación física- que están validados para la patología y que además son fiables (9,10) que permiten establecer el grado de estabilidad/inestabilidad en el que el paciente se encuentra. No obstante, dado que es muy probable que a la larga la inestabilidad aparezca, se recomienda trabajar ejercicios que mejoren la misma cuanto antes, mejor.

 

En el año 2013, Latimer-Cheung et al (13) publicaron una meticulosa revisión de los efectos que la práctica de actividad física produce sobre diferentes capacidades en pacientes de EM. Analizadas diferentes publicaciones estos autores mencionan el trabajo de Cakt et al (14) como el estudio que presenta el nivel más alto de evidencia (nivel 1) en que un entrenamiento que combine deporte aeróbico, ejercicios de fuerza de las extremidades inferiores y entrenamiento del equilibrio dos veces por semana durante 8 semanas la estabilidad dinámica – es decir, mientras se está en movimiento- de las personas con EM. En este sentido, señalar también aunque con menos evidencia (nivel 4) intervenciones que parece ser mejoran la estabilidad dinámica como la de De Souza-Teixeira et al (2009) con entrenamientos de fuerza dos días a la semana durante ocho semanas (15); la de Salem et al (2010) con ejercicios en agua (16); o la de Freeman et al (2010) mediante ejercicios de estabilidad del tronco (17).

 

Así pues, parece ser que existe evidencia de que tanto el entrenamiento aeróbico, el entrenamiento de fuerza o la combinación de ambos puede mejorar la estabilidad, sobretodo dinámica, de los pacientes de EM, como señalan las publicaciones anteriormente mencionadas, y como ya apuntaban Snook y Motl (18) en una revisión de 2009. No obstante cabe señalar que hacen falta más estudios de las más alta evidencia que precisen no sólo qué tipo de entrenamiento es más efectivo para mejorar la sino también la dosis de ese entrenamiento que sería recomendable dependiendo del grado de progresión de la enfermedad.

 

En esa línea en los últimos años se están publicando algunos trabajos cuyo objetivo único y principal es mejorar la estabilidad, como el estudio programado y aún sin publicar resultados de Motl et al (11) de 2013 en el que varios pacientes de EM con EDSS comprendida entre 4 y 6 realizan entrenamientos aeróbicos, de fuerza y estabilidad tres días a la semana durante un periodo de seis meses; y el trabajo de la Dra. Nilsagard et al (12) de 2014 en el que 32 pacientes con problemas de estabilidad – incapaces de mantener durante 30 segundos el equilibrio de pie y con ambos pies apoyados en el suelo- realizan un entrenamiento de siete semanas a razón de dos días semanales en el que se combinó tres tipos de ejercicios: ejercicios de estabilidad del tronco, ejercicios en los que se requería la realización de dos acciones simultáneamente – como por ejemplo andar y golpear una pelota- y ejercicios sensoriales de equilibrio – mantenerse erguido en superficies blandas, ejercicios de equilibrio en colchonetas, etc.- Los autores concluyen que la combinación de estos tres tipos de ejercicios reduce la proporción de los pacientes que sufren caídas, reduce el número de caídas totales y mejora la estabilidad en pacientes con EM leve-moderada.

 

Podemos afirmar así que las dosis de ejercicio recomendadas tanto por el ACSM como por diversas revisiones científicas como la de Latimer-Cheung (13) es que el ejercicio a intensidades moderadas / intensas (dependiendo de la situación personal de cada paciente) realizado tan sólo 2 días a la semana es efectivo para mejorar tanto la capacidad aeróbica (resistencia) como la capacidad de producción de fuerza en adultos con EM de leve a moderada (EDSS<6,5). Estas mejoras además pueden mejorar diversos síntomas asociados como la fatiga, la velocidad de la marcha y la movilidad, y entre ellas, la estabilidad – sobretodo dinámica- de los pacientes.

Además, parece que la combinación de diferentes tareas combinadas con ejercicios de estabilidad del tronco y ejercicios de equilibrio propiamente dichos podrían mejorar la estabilidad y reducir el riesgo de padecer caídas en pacientes con EM leve-moderada.

 

Ramon Jesús Gómez i Illan

Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y Deporte

Master Rendimiento Deportivo y Salud

Doctorando Deporte y Salud

Centro de Investigación Deportiva

Universidad Miguel Hernández de Elche

@rgi_training

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

*Si quieres alguna referencia en concreto, ponte en contacto conmigo. Gracias.

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